Hubo un tiempo en que uno de los bhikkhus se estaba quedando en un bosque en las tierras de Kosala. Allí, un bhikkhu se había involucrado demasiado en los asuntos de una determinada familia. La deidad que acechaba ese bosque estaba preocupada por ese bhikkhu, deseando lo mejor para él. Entonces, queriendo despertarlo, tomó la forma de la dueña de esa familia, se acercó al bhikkhu y se dirigió a él en verso:
«En las orillas de los ríos y en las casas de huéspedes,
en los salones de reuniones y en las carreteras,
la gente se junta y cotillea:
¿qué pasa entre tú y yo?
Hay muchos sonidos molestos
que un asceta austero debe soportar.
Pero no debe desanimarse por eso,
porque eso no es lo que te contamina.
Si te asusta cada pequeño sonido,
como un ciervo en el bosque,
te llamarán “de conciencia frívola”,
y tu práctica no tendrá éxito».
